July 22, 2013

Scooby Doo me comprende

No suelo usar el blog para teorizar, pero en un par de conversaciones recientes he logrado articular ideas de forma que debería poner por escrito. Hasta para acordarme.

Contexto: durante unos meses he estado buscando una novela sobre los mitos de Cthulhu, el universo compartido por H. P. Lovecraft y sus colegas. La mayoría de contemporáneos de Lovecraft sólo escribieron cuentos, pero he encontrado dos novelas de autores de la siguiente generación: The Mind Parasites, de Colin Wilson, y The Burrowers Beneath, de Brian Lumley. La segunda me pareció algo mejor que la primera; sin embargo, ninguna ha saciado más mi sed de horrores indecibles y razas primordiales que este único dibujo paródico, obra de un Deviant artist llamado Muzski, que encontré hace tiempo por los internetses.




Esto me recordó a otra decepción parecida que me llevé hace poco. Cuando escribía The Supernatural Enhancements leí muchas novelas de casas encantadas. (Bueno, cuando digo muchas, quiero decir unas cuantas. En realidad, leo poco; no pretendo convenceros de que mis valoraciones son fruto de una exploración exhaustiva. De hecho, si leyera mucho, ya no escribiría: pensaría que lo que tengo que contar ya lo ha contado otro.) En fin, el caso es que leí clásicos del género como The Haunting of Hill House de Shirley Jackson o Hell House, de Richard Matheson, y otras más pulp de fama efímera como The Priory, de Margaret Wasser, y 666, de Jay Anson, el tío que escribió Amityville. Y un rasgo común que detecté en todas ellas es que eran autoconscientes. En todas, en algún punto del planteamiento, el narrador o algún personaje admite que la noción de una casa encantada, o la premisa misma de la novela, suena a tópico manido. Lo cual, entiendo, es la forma del autor de decir "sé que esto suena a tópico manido, pero sigan conmigo, voy a sorprenderles."

Y esa actitud me fastidia un poco. Porque a mí me gusta el tópico, tal cual. No busco que me sorprendan.

He buscado obras más antiguas que, si no pisan territorio virgen, al menos no se sientan obligadas a reconocer que la senda está ya muy pisoteada. Me remonté a M.R. James y Poe; leí novelas de quinta fila (dicho con cariño), pero no he encontrado ninguna de esas "malas novelas de casas encantadas" de las que cualquier otra novela pretende separarse. Han desaparecido. Lo cual me jode. Es como Cervantes, quemando la biblioteca de Don Quijote y salvando sólo un par de novelas de caballerías que corrigen los defectos de las demás. Maldita sea, no me interesan las que corrigen a las demás, las que van de listas. Quiero ver las malas. Las montoneras, las repetitivas, las que componen ese corpus cultural informe llamado tópicos. Las que han dejado huella, aparentemente, sin necesidad de ser leídas. Serán malas, pero tienen mérito.

Es posible que esas obras montoneras no existan. Quizá sean las de James y Poe, pero me extrañaría: no son lo bastante ingenuos. Quizá sean historias orales sin forma concreta, sólo manojos de tópicos. Quizá sean nociones tan simples que de algún modo las aprendemos antes de leerlas. (De niño, yo conocía los tópicos del género del western mucho antes de haber reunido la paciencia de tragarme un western.)

Lo que me preocupa es que, habiendo leído novelas de casas encantadas, visto pelis y series en busca de esos tópicos, habiéndome tragado American Horror Story, ¿sabéis qué obra es la que me ha parecido más gratificante, la que más se acerca a lo que buscaba? Esta:


Y aquí es donde quería llegar: lo que tienen en común Scooby Doo y Tintín es que dan lo que prometen. Tanto, que hasta una portada apócrifa de Tintín cumple las expectativas. Si Scooby Doo se enfrentase alguna vez a Cthulhu... Sí, bueno, Cthulhu resultaría ser un señor con una máscara; pero por el camino veríamos a Cthulhu, el Necronomicón, y los siniestros tejados picudos de Providence (donde a la Máquina del Misterio se le acabaría la gasolina, sin duda). Si Tintín fuese a las Montañas de la locura, pisaríamos con él la Antártida, y veríamos la ciudad megalítica, y atisbaríamos incluso al shoggoth. Esto que viene ahora es especulación, pero me gusta decirlo: si hubiera una aventura gráfica de LucasArts ambientada en los Mitos, no se conformaría con mencionar la ciudad sumergida de R'lyeh: probablemente exploraríamos R'lyeh.

Ahí es donde fallan las novelas cthulhescas de las que hablaba, sobre todo la de Wilson: son tímidas; sus malos permanecen ocultos  o invisibles; gran parte de la narración es puro rumor; no se atreven a mostrar mucho. (Y sí, entiendo que parte de la gracia en el terror es mostrar con cuentagotas, pero estamos hablando de emular a Lovecraft. Y Lovecraft era 90% rumorología, pero acababa enseñando la mercancía: repasen los finales de The Dunwich Horror o At the Mountains of Madness.)

Esa recompensa a la curiosidad, ese placer fácil, pueril, que es mostrar un monstruo, es lo que nos niegan las novelas hoy. Escribimos sobre casas encantadas, pero no con monstruos. Eso es propio de Scooby Doo; nosotros somos adultos; nuestro arte es más maduro. Por lo general, "más maduro" consiste en insinuar, no mostrar; creamos monstruos más abstractos; nos movemos en el campo del terror psicológico (que es otra entelequia vaga de los guionistas, como "humor inteligente" o "strong female characters"). Nos centramos en los personajes, en sus relaciones ante el peligro. La casa encantada como símbolo del animal asustado en nuestro interior. O algo.

Los cojones.



Yo no quiero eso en una novela de casas encantadas. Quiero un viejo caserón decrépito entre árboles retorcidos en una noche de tormenta. Quiero extraños fenómenos inexplicables. Quiero fantasmas carcajeantes o monstruos de color verde. (Que en la última página resulten ser un señor con máscara es una minucia.) El cuadro que te sigue con la mirada, el pasaje secreto en la biblioteca y la sombra que espía desde el torreón. Eso es lo que me dan Scooby Doo, Alone in the Dark, hasta mi admirado Hotel Pánico. Tópicos: lo que dan los dibujos, los cómics y los videojuegos. Lo que damos a los niños.

Pero por algún motivo, las novelas no se dignan a eso. Son como el señor Banks en Mary Poppins; tuercen el bigote ante tales divertimentos y dicen: "¡Ridículo!" mientras se disponen a elevar nuestros espíritus con alguna historia lenta y gris. Vuelvo a lo de siempre: la literatura no se digna a divertirnos.

Hoy parece que los creadores de ficción "seria", si tal cosa existe, queramos negarle al público lo que le gusta sólo porque sería fácil dárselo. Jugamos a hacer obras de género —al fin y al cabo, la ficción de género vende—, pero luego escatimamos los tópicos. Tópicos en las premisas, vale; en los nudos, menos. La casa encantada nos gusta; el pasaje secreto en la biblioteca, no. Hacemos westerns, pero no nos atrevemos a añadir al pálido enterrador o al tío que toca la pianola mientras la parroquia del saloon se parte los morros a silletazos.

Los cómics, los videojuegos, no tienen esos complejos. A menudo, el cine tampoco. Y no es por nada, pero cuando alguno de estos hace una obra de puro género con todos los tópicos, suele petarlo.

Por poner un ejemplo: piratas, barcos fantasma, no muertos, tesoros, mapas, caníbales, vudú. Está TODO. Y mola.

Siento que la literatura peca a menudo de dar las partes buenas descafeinadas. No sólo los tópicos de un género (insertar aquí referencia a literatos consagrados que un día condescienden a hacer una novela negra, llamándola "un pequeño juego", y que merecerían ser cockslapeados por Raymond Chandler). Se considera cursi o vulgar ahondar en el sexo; se desprecia la acción. Algo que aún me preocupa más: el listón del humor es bajísimo. Una sutil ironía, un comentario ácido, una sonrisa cómplice merecen que de un libro se valore el humor. "El humor de Saramago", he llegado a leer por ahí. Eso es lamentable. Humor debería significar "chiste a traición", "salida de tono", "risotada que hace girarse hasta al conductor del bus."

Creo que, en el fondo, mi defensa de la literatura pulp viene causada por esto mismo: porque el pulp da al lector lo que la literatura "seria" le niega. No erotismo, sino sexo. No amenazas, sino violencia. No terror, sino horror. No exotismo, sino aventura. No ironía, sino gags en toda la cara. Irónicamente, el pulp, que asociamos siempre con sexo y violencia, no tiene miedo a ser infantil.


Deberíamos (los creadores) ser más infantiles. Eso no significa escribir para niños, sino para disfrutar como niños. Significa demostrar tu talento y originalidad sin prescindir de tópicos que molan, construyendo sobre ellos. Renunciar a tu individualidad para ser el creador anónimo de un nuevo tópico. No buscar pasar a la posteridad, sino que el capullo de Cervantes queme tu obra y Scooby Doo la homenajee.

Porque Scooby Doo molaba. Y Cervantes era un plasta.