November 30, 2011

Gotik

¡Ops! Este parece un buen sitio para repasar los micro(rre)latazos que he estado publicando en El Jueves últimamente. Ahí van los 3 primeros:


Gotik #1
Mi primer trabajo para el bufete me llevó a una de las zonas más oscuras, agrestes y grotescamente cerriles de Europa. Por suerte, para quien ha visitado Valladolid, Transilvania es la meca del progresismo. Viajé, pues, con ánimo tranquilo. En la diligencia, una gitana me regaló una sortija «para protegerme de los malos espíritus», a cambio de la cual sólo pidió mi navaja, mi revólver y el raro amuleto en forma de estaca de madera que mi inescrutable padre me regaló en su lecho de muerte. En el cruce de Borgo me apeé y pasó a buscarme el carruaje del conde. El cochero, lejos de contagiarse por el lúgubre paisaje, reía a carcajadas y batía a los caballos con tal ímpetu que deslomó a tres de ellos, debiendo sustituirlos por mapaches y otros recambios forestales.
Llegamos al castillo, asomado a un risco entre los Cárpatos cual suicida indeciso. Mi anfitrión era el clásico aristócrata: tan anticuado que incluso le sorprendí encaramado a las vigas, como los primeros homínidos. No me acompañó en la cena, pero insistió en que comiera de todo y vigilara el sodio. Esa noche conocí a sus esposas —tres de ellas—, a las que vi comerse un bebé crudo. No dejé que mis escrúpulos occidentales me traicionasen: «Esto era imperio otomano —pensé—; son sus costumbres y debo respetarlas.»
Después me invitó a ser huésped en su castillo el resto de mi vida (que no sería mucho, se apresuró a añadir), y excusó su prevista ausencia al día siguiente alegando que durante el día dormía en un ataúd. Le respondí:
—Yo también. Soy abogado, ¿recuerda?
Entonces me tiró por un acantilado.

Gotik #2
Nos escapamos del baile a las nueve y Peggy Sue quiso dar una vuelta en el Cadillac, a pesar del toque de queda que habían impuesto a raíz de aquellos seis jóvenes hallados en el bosque, despedazados por lo que los forenses describieron como “un lobo bípedo de metro setenta con empastes en dos muelas”. Podíamos meternos en un lío, pero el plan era demasiado bueno, y yo llevaba casi tres días enamorado de Peggy Sue. Montamos en el coche y subimos al mirador sobre la colina de Violent Massacre. El nombre no es muy romántico, pero yo conocía bien el lugar gracias a que en varias ocasiones había despertado allí al amanecer, desnudo y sin ningún recuerdo de la noche anterior, cosa que atribuí a un exceso de mosto en las celebraciones del equipo de fútbol.
La noche era espléndida y la luna, oronda y blanca como una galleta Oreo destapada. Sentí apenas que Peggy Sue apoyaba su cabeza sobre mi hombro mientras la contemplábamos. Atenté un piropo que se convirtió en gemido en mi garganta. Vi el vello de mis brazos extenderse a las manos y el cuello como el Tercer Reich sobre un mapa europeo. Con un escalofriante crujido, mis pies atravesaron las zapatillas. Recuerdo que pensé: “Maldita pubertad, ¿cuándo dejarás de sorprenderme?”
Despertamos desnudos en el bosque. Peggy Sue sonreía, mostrando sus dos empastes. Yo estaba ansioso por contar mi noche de pasión (lo poco que recordaba de ella) a los del equipo. Estaba de suerte: el quarterback yacía en un charco de sangre a pocos metros de nosotros.

Gotik #3
Así que el nombre de mi familia ya no es popular en el pueblo. ¡Bah! ¿Qué se puede esperar de una caterva de palurdos cuya única función es llenar de humo la taberna y callar al unísono cuando entra un forastero? Son la misma clase de obscurantistas que condenaron a Galileo, abuchearon al padre de la frenología y ahora niegan el saludo al último gran nombre de la ciencia: ¡Viktor Frankenstein!
De acuerdo; puedo comprender su enojo cuando saqueé su cementerio en busca de piezas; pero ¿por qué tanto rencor? Todas esas comadres que comentan con regocijo los rasgos de sus bebés, viendo en este los ojos del abuelo Klaus y en aquel la nariz de tía Ursula, se hartarían de hallar reminiscencias de sus ancestros en mi creación. Admito también que les molestara el rapto de la joven Helga; pero ¿cómo podía yo negarle una compañera a mi propio vástago? Y sí, vale, las ovejas diezmadas son una lástima, pero ¿es culpa mía que el frankenperro, mascota hecha con toda la buena intención, me saliera tan revoltoso? Y las tierras que arrebaté al viejo y enfermo Jürgen... ¿Dónde si no construir el frankencentro comercial para que hagan sus compras? Y el cerro deforestado... ¿Qué sitio mejor había para el lujoso spa Frankenstein Malibú?
Ahí llegan, refunfuñando otra vez: les veo ascender hacia el castillo, una turbamulta enfurecida. Y, por lo que veo, se han pertrechado en la frankentienda de antorchas y amenazantes herramientas agrícolas. No, si al final el crío hará negocio.



 Gotik: semana sí, semana no, en Gas de la risa, El Jueves.