February 2, 2011

Noir #3

Eché al vaso unos cubitos de hielo y un chorro de la botella de Kentucky Gran Reserva que suelo rellenar con garrafón, y releí la carta a la luz rayada que filtraba la persiana. Las palabras habían sido recortadas del Chronicle, a juzgar por los recortes más largos que aparecían a medida que el autor se cansaba de darle a las tijeritas.

«Profesor. Conozco su secreto. Tengo fotos. Si no quiere verse en primera página, envíe 5,000$ al marco incomparable del apartado 705 en Camberwell o su carrera se vendrá abajo como ciudad derruida en trágico terremoto en Uzbekistán.»

Por suerte, la misiva no era para mí: mis chantajistas rara vez se dirigen a mí como profesor. El académico Edward James la había recibido esa mañana entre las ofertas de suscripción al Neuroscience Journal. Su nerviosismo cuando vino a verme era patente. Ni siquiera pude tranquilizarle con un análisis químico del papel porque, un año más, Santa Claus, interpretando muy libremente mi carta, en lugar del Quimicefa me había traído un Choconova, de prometedoras posibilidades en mis postres pero exigua utilidad en el caso.

Me serví otro Kentucky y escribí una carta al apartado 705 de Camberwell: "Adelante. Publique las fotos. Ese secreto es mi cárcel y quiero liberarme. Hace demasiado tiempo que engaño a todos y a mí mismo. Quiero poder ir al Sailor’s Deck con la cabeza bien alta." El viernes fui al Sailor’s Deck y detuve al tipo que estaba esperando en la puerta con una cámara de fotos.

Nunca sabremos cuál era el verdadero secreto de James, pensé mientras mordía una chocolatina en forma de luna creciente.


[Publicado en El Jueves núm. 1755. 12-I-2011.]