January 12, 2011

Noir #2

Encendí un cigarrillo y aproveché la llama para incinerar el correo de la mañana, que consistía esencialmente en amenazas de mi casero. Necesitaba un café, una camisa limpia y uno de mis proverbiales golpes de suerte. Quizá —fantaseé mientras oía los pasos de un potencial cliente en la escalera— un marido cornudo, una foto inspiradora y un jugoso anticipo en forma de cheque.

En lugar de eso, por la puerta entró un mamut de más de seis pies y de unos dos metros de alto que vino directo a mi mesa, preguntó si yo era Chandler Hammett, me hizo una cara nueva y se fue. No dejó dinero, ni café, ni mucho menos una camisa limpia.

Una vez me hube arrastrado hacia el lavabo, mientras compartía un cubito de hielo entre mi labio roto y un whisky solo, pensé en lo poco que se usa el pretérito anterior “me hube arrastrado” y en quién podía estar detrás de aquella paliza. Consideré a mi casero, a Boris el tahúr, al viejo Vincenzo...

Esos nombres acudieron a mi magullada cabeza incluso antes de advertir que no me llamo Chandler Hammett.

A mediodía, el sol blanqueaba el asfalto y resaltaba el óxido. Incluso el tren elevado chirriaba más de lo normal. Joe Descosidos, el soplón, estuvo especialmente generoso gracias a mi nuevo rostro, que asustaba más que el antiguo. Me dio información y hasta algo de suelto, que me gasté en café y huevos con beicon en Hal’s. Luego fui a dejar un mensaje a mi casero, alegando que dejaba el estudio y que podía pasar a cobrar los atrasos a casa de mi cuñado. Si yo no estaba, que dijera que venía por la deuda, que mi cuñado Chandler lo entendería.


[Publicado en El Jueves núm. 1753. 29-XII-2010.]