December 25, 2010

QFD: Especial Navidad

[Desde hace dos años que no escribía un cuento de navidad. Hoy, sin embargo, creo que la entrega del Qué Fue De —mi brasa semanal de eljueves.es— me convalida la asignatura.]

La Navidad es una tradición milenaria. Suscribirla, en cambio, es una moda cíclica. Este año, ya no sabemos si toca reivindicar la fiesta contra esa corriente de cinismo moderno que se inventa estadísticas sobre suicidios, o si por el contrario hay que defender la depresión y luchar por el derecho a decir con orgullo «soy cínico porque quiero». En cualquier caso, a los que hacemos el QFD, la navidad nos jode.

Dicho esto, este viernes a las tres, cuando ya nos poníamos los abrigos, volvió a aparecerse en la redacción el fantasma de Sor Sonrisas.


«Esta noche —nos dijo, en el tono siniestro y amenazador propio de los fantasmas, pero acompañándose de la guitarra, para quitarle hierro al asunto— os visitarán tres espíritus. Escuchadles. Sin ellos, vuestras almas andarán la misma senda que la mía.»

Nos fuimos a casa mascullando que, por familia política o por espíritus, parece imposible pasar una Nochebuena solitos.

El primer espíritu


Cenamos en casa del productor, nos bebimos el vino del lote de la empresa, jugamos a póker apostando polvorones y luego nos comimos las ganancias en el sofá, mirando la tele. Caímos dormidos a eso de las tres.

Cuando abrí un ojo, un halo de estática en la pantalla dibujaba la silueta de una figura de brazos en jarras. Acercó su repugnante cabeza de saco, y la tela se rasgó en la sonrisa de dientes de maíz que habita mis pesadillas desde que tenía tres años:

—¡FELIZ NAVIDAD! —rugió el monstruo, y los tres gritamos, saltamos sobre el sofá y nos cagamos en la virgen puta. En el salón, poniendo perdida de paja la alfombra, se zarandeaba estúpidamente el Espantapájaros de la granja de Playmobil. A sus pies, pudimos ver acercarse una horda de muñecas de Famosa, acompañadas de unos cuantos Másters del Universo.

Chica de Jacq's—¡Somos el Espíritu de las Navidades Pasadas! —cacareó el espantapájaros, en nombre de los juguetes que infestaban el salón— Representamos la ilusión de los niños en Navidad. ¿No nos recordáis? Viendo nuestros anuncios por la tele, cuando erais críos, contabais los días hasta el 25 de diciembre, y la ilusión desbordaba vuestros corazones. ¡Entonces queríais que la Navidad durase todo el año!

—Eso es mentira —le cortó la fotógrafa—. La Navidad nos importaba un bledo. Lo que queríamos eran regalos todo el año. Los anuncios de juguetes nos volvían locos porque éramos niños y lo codiciábamos todo. Nuestros corazones, de rezumar algo, rezumaban avaricia.

Hubo un silencio, similar al que guardan los personajes de Toy Story cuando el niño entra en la habitación.

—Hm. Tenéis razón —juzgó el espantapájaros. Se fue con sus juguetes y no le volvimos a ver.

El segundo espíritu


Despertamos de nuevo, y enseguida nos dimos cuenta, juzgando por los mármoles y el mobiliario clásico, de que ya no estábamos en el piso de nuestro productor. Vastos salones de cortinas al vuelo se abrían tras las dobles puertas, y entre las columnas rebotaban las risas cantarinas de musas invisibles. Vimos pasar a Estella Warren con una capucha roja, seguida de un lobo. Vimos a Carmen Kass bañarse en una piscina de oro fundido. Vimos mujeres de mirada perdida que nos decían palabras sueltas en francés o inglés. Vimos bajar de una moto a Mónica Van Campen vestida de Catwoman, con la cremallera a la altura del ombligo.

Chica de Jacq's—Soy el Espíritu de las Navidades No Tan Pasadas —nos dijo, sin un rastro de sonrisa en ninguno de los dos pares de labios que el traje revelaba—. El germen del cinismo se os ha contagiado. El desengaño de la adolescencia os convenció de que la navidad no es más que otra conspiración vehiculada por los medios; una campaña de consumismo salvaje iniciada por los engranajes del interés económico. Creéis que usan palabras como ilusión, paz y amor para disfrazar un montaje frívolo y superficial. Como un perfume que tapa, pero no elimina el mal olor de las personas.

—Exactamente —respondió el productor—. ¿Y tu argumento es...?

—No, ninguno. Sólo quería deciros eso.

Y se fue la chica de Jacq’s, a quien ya habíamos entrevistado en una ocasión, y nos alegramos de que ya fuera libre.

El tercer espíritu


Nos despertó el teléfono. El escay del sofá crujió bajo nuestros omóplatos cuando regresamos mentalmente a la sala de estar donde habíamos caído dormidos. En la tele relampagueaban los dibujos animados. Nos bastó con una mirada para comprender que los tres habíamos tenido el mismo sueño.

El teléfono sonó por quinta vez. Descolgué. Oí la voz del Espíritu de las Navidades Recientes.

—¡Hola, soy Edu, feliz Navidad!

Arranqué el teléfono del enchufe y lo lancé por la ventana sin abrirla. En la fracción de segundo en que se detuvo en el aire, en el zenit de su parábola, por el auricular sonó el grito horrorizado del odioso niñato cuatrojos antes de que lo reclamara la gravedad.

Nos asomamos al balcón. Es la mañana de Navidad, y el cadáver de su puñetero Espíritu yace muerto en una acera sin nieve.

Y quizá esta historia no tenga sentido más allá del atracón de polvorones. Pero así, exactamente, es la Navidad.

Pasadlo bien.