April 9, 2008

Faust & Kammann presentan: Por qué Céline no recibió el premio Crexell de este año

Hola, soy Edgar Cantero. Mañana miércoles saldrá en los diarios que Dormir amb Winona Ryder ha ganado el premio Crexells a la mejor novela en catalán de 2007; y he pensado que si a algún lector le da por guglearme y llega a esta página, tendrá que leer algo que confirme o desmienta a la prensa y le demuestre que tengo la cabeza llena de mierda. Así que voy a narrar mi propia crónica del día de hoy, y de paso, enumeraré algunas razones por las que Louis-Ferdinand Céline, cuyo nombre sonaba insistentemente en las horas previas al veredicto, se ha quedado sin el galardón.

A las 13:30 he llegado al Ateneu Barcelonès, un palacete modernista en la calle Canuda, muy cerca de la Rambla (arteria urbana a la que tengo que dedicar un día unos párrafos, para ponderar cuánto me gusta). Me han recibido una señorita llamada Enri, como las libretas, y una fotógrafa. La fotógrafa me ha indicado que posara ahí mismo, en la entrada de carruajes, y ha empezado a hacerme fotos como una posesa. Estaba mi editor, Arnau Cònsul, el júnior. En la entrada había una exposición sobre el premio Crexells, con retratos de todos los ganadores desde 1928. Figuraban Baltasar Porcel, Mercè Rodoreda, Carme Riera, y mi profe, Miquel Gibert, cerrando filas. Junto a él, en la casilla de 2007, unos enigmáticos puntos suspensivos. Yo sabía quién acabaría ahí, claro. Mercè Rodoreda ni lo sospecha. Pobre mujer. Suerte que ya le pusieron cerca a Ferran Torrent, para irla preparando.

Terminada la sesión (por ahora), hemos subido a visitar al presidente del Ateneu en un ascensor alucinante. Cabina de madera noble con vidrios de colores y butaca encojinada. Es lo que más me ha gustado del edificio, y he pensado: "Si con la edad que tiene aún funciona, debe de ser eterno e infalible." Entonces la fotógrafa ha comentado que acaban de restaurarlo y que entró en funcionamiento ayer, y he pensado: "Dios, salgamos rápido de este ataúd modernista."

El presidente del Ateneu, Oriol Bohigas, arquitecto, nos esperaba en una sala de juntas con una agua de Veri en cada sitio. Nos han presentado; estaban también el vicepresidente u otros directivos que no retengo. Hemos hablado del libro y me han hecho más fotos con el trofeo, que era una escultura abstracta de Andreu Alfaro, o la reproducción a escala de la escultura original, que probablemente esté plantada en alguna rotonda del Maresme, recibiendo embestidas de los monovolúmenes día sí, día también. Bohigas me ha preguntado si se pronuncia 'winona' o 'wainona' (le he dicho que lo primero, pero no estoy seguro), y me ha hecho firmar en el libro de honor del Ateneu, que estaba lleno de dedicatorias y autógrafos de gente importante. He sacado mi portaminas y he empezado a dibujar un Punk Ahoy!, sin darme cuenta, y a medio dibujo he pensado "¿qué estás haciendo, gilipollas?", pero luego lo he arreglado con un chiste tontillo. La fotógrafa ha agotado dos tarjetas de memoria más echando fotos mientras yo firmaba.

—Sonríe un poco, ¿no? —me ha pedido entre un disparo y otro.

—No sonrío nunca. Soy muy serio. —Que es verdad.

Luego me han acompañado a un despacho privado para que una chica de Radio 4 me hiciera una entrevista. Era guapa. Le faltaban auriculares para su grabadora y le he dejado los de mi MP3. Todo esto es aburrido, lo sé; refleja bien mis sensaciones al vivirlo.

A continuación hemos entrado en la Sala Pompeu Fabra. Está toda rodeada de librerías. ¿Alguno de vosotros ha jugado al Hero Quest? Era un juego de mesa rollo fantasía épica, que representaba un castillo con muebles y todo; pues bien, las librerías del Ateneu eran como las de los castillos de Hero Quest, todas llenas de tomos muy gruesos de papel amarillo encuadernados en piel. La sala podría haber estado llena de orcos con cimitarras. En cambio, estaba llena de periodistas. Unos cuantos fotógrafos más me han hecho salir al balcón y me han hecho tres millones de fotos exactamente iguales. Uno me ha sugerido que me apoyase en las batientes del balcón, con los brazos extendidos e inclinado hacia fuera, "así, algo natural". Que es como pedirme: "¿Puedes hacer el puente y bajar las escaleras hacia atrás, como la niña de El exorcista? Que parezca natural, ¿eh?"

Al final he optado por sentarme en el suelo de la sala, puestos a ser natural, y para más naturalidad, me he puesto el MP3 a todo volumen mientras seguían disparando flashes. De pronto ha llegado el editorazo de Proa, y para salir en la foto se ha sentado en el suelo conmigo. Y he pensado: "¿Qué hace usted en el suelo? Usted tiene ya una edad para posar en plan jipi, hombre de Dios, ¿no le da vergüenza? ¿Qué va a decir Jordi Pujol cuando vaya usted a editarle el segundo tomo de las Memorias, hombre?"

En fin. El plato fuerte del día era un almuerzo de prensa, que significa almuerzo y rueda de prensa a la vez. A un lado se sentaban los periodistas, y al otro, organizadores, editores, jurado y yo. Aparentemente, yo era el único incapaz de comer y hablar al mismo tiempo; estaba muy nervioso y he optado por limitarme a contestar a lo que me preguntaban y no enrollarme. En el jurado estaban Manel Ollé, otro ex profe mío y autor de una reseña del libro que me encantó, y una señora llamada Mariàngela, que me dijeron que es socia del Ateneu desde el Cretácico o así, y que lo primero que me ha dicho es que no tenía ni idea de quién era Winona Ryder, porque al cine iba más bien poco, pero luego ha pronunciado Age of Innocence con un acento inglés tan perfecto que para sí lo quisiera Jaume Figueras. En la comida también había una mujer tan borracha que ni se tenía en pie. Ha arrastrado una silla junto a la barra y ha estado sentada ahí, contemplando las baldosas, unos cinco minutos. Luego ha querido ir a coger un menú y se ha levantado con tal ímpetu que se ha abierto la cabeza contra la barra. No, espera, me estoy confundiendo. Esto pasó en un Döner Kebab del Guinardó. Y fue hace tres semanas. Estoy mezclando almuerzos.

Volvamos al Ateneu. Todos los periodistas tenían un dosier con información del premio y la novela, y un currículum corto que yo mismo escribí el lunes. Yo no iba preparado, pero llevaba mi camiseta de Sinéad O'Connor, que es como un amuleto para darme seguridad cuando hablo en público y que de paso queda bien en las fotos. Una chica ha comentado que venía de cubrir la presentación de un ciclo en el Palau de la Música que tenía a Sinéad en cartel. Me ha pasado el dosier y he decidido que quiero ir al Palau de la Música. Alguien del Ateneu ha prometido que junto con el premio me regalarían las entradas; no sé si iba de broma, pero que sepa que me lo he creído. Y quiero un pase backstage, también.

En general, me han preguntado lo de siempre, pero aun así, estaba muy nervioso. Odio que me pregunten de qué va el libro: ¡para eso pusimos una sinopsis la mar de concisa en la contraportada! O que me pregunten por Winona, así como con sorna. Qué puñeteros son; saben que nuestra relación no pasa por un buen momento, y ellos, hala, a burchar, a burchar. Hacia lo último, otra chica, señalando mi postre casi intacto, me ha recordado que en mi autocurrículum decía que me gustaban "el chocolate y las lesbianas". Es verdad, pero estaba nervioso y no podía acabármelo. Si me hubieran servido una lesbiana, tampoco habría podido acabármela.

Nos hemos ido a las cuatro de la tarde. He caminado hasta casa. Me he duchado. Me he cambiado de ropa. He vuelto a salir hacia el Ateneu. Por el camino, me he comprado un Phoskito. Me apetecía algo con textura parecida al postre que me había dejado en el plato.

Ha habido un concierto en la sala de actos, luego me han dado el trofeo, he balbuceado algunas palabras que creo que han caído bien. He dedicado el premio a los colegas, los que salís en el libro. Aprovecho para dedicárselo aquí y ahora a alguien que no sale porque no la conocí a tiempo, pero forma parte de la trayectoria de la novela. Se llama Geno y digamos que me gusta mucho, y no es porque sea de chocolate.

Ruth ha asistido a la entrega. Al abandonar la sala de actos con ella, me he retrasado treinta segundos y los asistentes nos han dejado sin canapés. Vaya, no hemos visto ni las aceitunas. (Esto siempre pasa. Que se lo digan a Ruth. Ha dejado el casco encima de una mesa y treinta ancianos han intentado pincharlo con un mondadientes. En todos los piscolabis post-premio literario pasa igual. Ya puede la concurrencia ser del Ateneu o de la casa real noruega: en habiendo canapeses, se convierten en rapaces y el acto literario se degrada al nivel de un comedor de indigentes. Os lo juro.) He firmado varios libros y luego nos hemos ido a cenar al McDonald's.

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Paso ahora a intentar justificar el error de algunas quinielas que apostaban por Louis-Ferdinand Céline como claro ganador del premio Crexells . Entre las razones por las que el jurado puede haber desestimado su obra como la mejor en catalán de 2007, me atrevo a destacar las siguientes:

  1. No ha publicado nada en 2007.
  2. No ha publicado nada en catalán (al ser un maldito francés).
  3. Lleva muerto casi cincuenta años.
  4. Su posicionamiento claramente nazi no ha debido de caer en gracia a la intelectualidad de la Barcelona solidaria y pro mestizaje del siglo XXI.