December 24, 1993

Utopía feat. Bud Spencer


Cuando volvió a casa en diciembre se encontró pisando tierra y pinaza. El antiguo jardín era sólo matorrales y hierba crujiente; donde recordaba la casa crecían alcornoques jorobados. Quiso comprobar la dirección, pero no había número en la tapia. Ni tapia. Tampoco acera, pero sí un absurdo bordillo conteniendo apenas la maleza desbordada. La calle existía aún, separando bosque de más bosque, pero sin el asfalto: sólo tierra desnuda, áspera, manchada con la sangre de las rodillas de niñas salvajes.

Dejó el coche aparcado en Júpiter y echó a andar, buscando a algún vecino. No llevaba reloj —en la ciudad de donde venía había relojes por todas partes—, pero calculó que eran entre las 8 y las 10 de la mañana. Ningún coche más que el suyo (naranja, un Mustang) empañaba el paisaje gris. Llamó, y respondió una urraca. Nada de eso era extraordinario. Lo extraordinario era el frío hostil, hecho de alfileres. Extraordinario fue comprender que no había vecinos a los que preguntar porque también habían desaparecido sus casas, la mayoría de ellas. Sólo se entreveían las más altas y grandiosas, reducidas a fantasmas acechando entre árboles grequianos, y las más bajas, hundidas en la tierra como insectos bola. El resto de parcelas lo cubría un bosque homogéneo.

Sin la referencia de los setos y los tejados, Kris se desorientó. Con toda certeza dobló la misma esquina dos veces y dio varias vueltas a la misma manzana. No dejaba de pensar en el dislate de los ingenieros originales, los que trazaron esas calles al azar sobre un plano —no laberínticas, pero casi cualquier cosa parece un laberinto desde dentro—, divorciando a la fuerza familias de pinos sin criterio aparente. Se le ocurrió que lo de las niñas salvajes no era una posibilidad desaforada; el pueblo parecía haber retrocedido hasta ese punto; en cualquier parcela podría agazaparse una adolescente apuntándola con una cerbatana. No se veía capaz de encontrar el coche. El cielo no ofrecía pistas. De hecho, en el momento de consultarlo, anunció lluvia.

Aún resonaba el trueno cuando el chasquido de un cerrojo la hizo girar sobre sus talones y le dio un vuelco el corazón. En el porche de una de las casas bajas, ennegrecido por la lluvia de años, alguien la estaba mirando. Un ogro. Un oso. La letra O, en persona.

Quizá se asustaron uno a otro. El ogro, cargando un barreño de plástico, se había detenido camino del tendedero, donde un par de camisas trasnochadas esperaban el rescate. Escudriñaba a Kris con ojos miopes o sencillamente pequeños. Había mucho en su apariencia a lo que Kris no estaba acostumbrada. Arrugas. Vello facial.

El ogro fue el primero en ceder, y regresó a su colada. Eso la hizo reaccionar:

—¡Disculpe! ¿Hola? —probó en inglés—.  ¿Puede ayudarme? Creo que me he perdido.

No se entendieron. Probó otra vez, en afrikaans, y a la tercera en español. Ese último dio resultado, aunque los dos lo hablaran con dificultad.

—¿Qué buscas?

—La calle Júpiter.

—Esta es la calle Júpiter.

Kris miró en ambas direcciones: sólo tendría que recorrerla de punta a punta hasta dar con el coche. Lástima que Júpiter (como su nombre indica) fuera la más larga.

—¿Vas a ver a alguien?

—Voy a mi casa. Pero la casa ya no está.

—¿Ya no está, o aún no está? —replicó él, recogiendo sus camisas. Estaban cayendo las primeras gotas—. Entra antes de que cojas una pulmonía.

“Pulmonía”, pensó Kris. ¿En qué siglo estamos?

El ogro ya estaba retornando a su morada. Kris suspiró y atravesó la cancela. Se fijó en que la tapia ostentaba un número —548—, aunque era la única parcela edificada a la vista. De la lámpara oxidada pendía una ristra de bombillas parpadeantes, rojas y azules y amarillas.

La vivienda era baja y extrañamente estrecha para su inquilino. Sin embargo, Kris intuyó que sería luminosa en otras fechas. El interior no era esencialmente distinto de otros chalés que Kris hubiera visitado, pero las casas de los demás siempre tienen formas de sorprender a los huéspedes: en los libros insólitos que contienen, en las marcas de galletas que jamás habías visto, en los muebles viejos que a otros parecen familiares. El ogro la invitó a sentarse junto al fuego, y se perdió en la cocina; desde allí le ofreció chocolate. Kris aceptó; al sentir el fuego en las mejillas se había dado cuenta de que, increíblemente, estaba cayendo la noche. En la repisa de la chimenea había otra ristra de bombillas diminutas, y una maqueta de un cobertizo en el que se refugiaban una vaca, un burro y una familia humana. En otro estante sonreían fotografías del ogro, siempre con sus ojos minúsculos, a todas luces cerrados, abrazado a otras personas. En el color desvanecido de esas fotos, Kris reconoció a su anfitrión. Este entró, portando dos tazas de chocolate hirviendo sin aparente protesta de sus dedos.

—Sé quién es usted —dijo Kris, meditando si alguna vez había llegado a verle en persona por el barrio, o si se lo habían descrito—. ¿Signore Spencer?

Él asintió, sonriendo unas cuantas arrugas extras. Kris se presentó y le agradeció la hospitalidad. Ahora reconocía también el chalé, que había visto por fuera tantas veces, casi siempre eclipsado por los otros más bonitos que lo rodeaban.

—Sabía que esta casa había sido suya, pero... —Buscó una forma delicada de decirlo.— Tenía entendido que... dejó usted de vivir. Aquí.

—No; siempre vivo aquí. Es sólo que la gente lo ha olvidado.

No había en su voz atisbo de rencor o tristeza. Fuera ya había oscurecido, aunque a Kris no le salieran las cuentas. La paz en el rostro del ogro la había calmado. Este se acercó a un tocadiscos que dormía en un rincón y desenfundó un vinilo en cuya carátula figuraba su propia efigie, en acuarela. Explicó que era la banda sonora de una película, de cuando las hacía. La aguja carraspeó sobre el polvo y luego empezó a leer una música que era melancólica y amable a la vez. Los dos se sentaron —él, cuidadoso, en un sofá mortificado— y con la música de fondo prosiguió el diálogo, en laborioso castellano.

—¿De dónde vienes? —preguntó él primero. Parecía conforme con ser tratado de usted y tutearla a ella; esa barbarie del “trátame de tú” iba a acabar con occidente.

—Vivo en la ciudad —respondió. Quiso añadir que había estado trabajando, pero no le salió la palabra en ningún idioma—. Está lejos; sólo paso aquí unos meses en verano y unos días por estas fechas. Es 25 de diciembre —explicó.

—¿Crees que no lo sé? —bromeó el ogro, señalando la maqueta del cobertizo con el bebé y los animales sobre la chimenea. Kris no entendió la relación, pero omitió el detalle.

—Es difícil ir y venir. A veces consigo llamar por teléfono, pero... hace semanas que no hablo con nadie.

Sólo veía su reflejo en la ventana.

—Creo que me han olvidado a mí también.

—Estoy seguro de que no —sonrió él.

—Pensaba que podría volver cuando quisiera; que podía irme y esto siempre estaría aquí. ¡Pero no lo está! ¡Vivía con una amiga, y se ha ido; su casa no existe! ¡Se ha ido todo el mundo! —La voz empezaba a descontrolársele.— Tenía amigas, y un montón de gente de quien esperaba ser amiga algún día... ¡Y joder, había una niña el diciembre pasado que me hizo un regalo genial, y la he perdido a ella también!

El ogro la rodeó con un brazo y le aplacó el pánico. Vestía un jersey de lana grueso que picaba incluso por fuera.

—Toda esa gente, ¿te esperaba?

—¡Sí! ¡Es 25 de diciembre! Íbamos a comer juntas, y pensaba quedarme una semana; iríamos a patinar al lago, y a jugar a fútbol; ¡lo estábamos planeando desde el verano!

—Pero hoy no es 25 de diciembre. Es 24.

—Ya —admitió Kris—. Quería hacerlo cuanto antes. No podía dormir, así que de madrugada cogí el coche y he conducido toda la noche hasta hoy.

—Y has llegado antes de tiempo  —dijo Spencer, en tono de quod erat demonstrandum—. Si nadie te esperaba hoy, ¿por qué ibas a verles?

Kris empezaba a comprender. Se agarró a la taza, cuyo calor era prácticamente tolerable, y volvió a consultar la ventana. No distinguió nada. Quizá habría dos o tres casas más como aquella en todo el pueblo, pensó; luciérnagas amarillas brillando en el bosque. A lo sumo, cuatro o cinco. Se sintió afortunada de estar dentro de una de ellas, sentada en un viejo sillón, mirando el fuego.

—La primera vez que fui a la ciudad —contó—, era igual que esto. Las calles estaban puestas, y los rascacielos, pero nada más. Brillaban luces en algunas ventanas, pero no conseguimos hablar con nadie. Era como un país fantasma.

El ogro no dijo nada. Kris temió haber tocado un nervio.

—Los fantasmas son sólo forasteros en un tiempo que no es el suyo —reflexionó el ogro—. Este pueblo define su propio tiempo; es fácil desincronizarse.

Hizo una pausa, y cuando prosiguió resbaló varias veces hacia el italiano, pero Kris lo comprendió igual:

—Recuerdo, hace tiempo, mucha gente que aspiraba a ser fantasma. Se construían aeropuertos, hoteles, ciudades enteras que llamaban "no-lugares", sitios de paso, donde todo lo que uno hacía era irrelevante. Te cruzabas con alguien y no le volverías a ver jamás; ensuciabas algo y estaría limpio al día siguiente. La gente odiaba el 25 de diciembre porque les obligaba a volver a casa, donde los actos tienen consecuencias, donde se les recuerda el pasado y les acecha el futuro. Este pueblo es distinto. Aquí todo el mundo es feliz; tenéis amigos, no linajes; numeráis los días, pero no los años. Sólo hay un eterno presente. Pero si vives sólo en el presente, y dejas de ver a alguien mucho tiempo, o dejan de verte...

No acabó la frase. Kris guardó silencio.  Cuando levantó la mirada, tenía los ojos rojos:

—¿Lo he roto? —Parecía un miedo infantil, pero no lo era; no sonó como tal—. ¿Es culpa mía por irme? ¿Ya no podré volver nunca?

—No has roto nada —la tranquilizó el ogro—. Estoy seguro de que verás a tu gente mañana por la mañana. —Frunció el ceño aún un poco más al preguntar:— Lo que no entiendo es ¿por qué te fuiste?

—Porque era demasiado feliz —respondió ella, con una sonrisa amarga—. No podía tolerarlo, ¿vale? Algunos no podemos estar de vacaciones  todos los días, todos los años; no estamos hechos de esa pasta. Necesitaba estar sola; necesitaba una especie de... tristeza confortable.

Spencer abarcó su sala de estar, su chimenea, sus muebles feos y la noche.

Benvenuta.

Kris rio y se acabó el chocolate. Después el ogro la acompañó a un dormitorio. Era propiamente una alcoba, estrecha y baja, con una cama pequeña y abombada bajo la ventana. La lámpara tenía una pantalla naranja y olía a polvo quemándose. Como había dejado su equipaje en el coche, Kris sólo tuvo que quitarse las botas y meterse en la cama; las sábanas estaban tan ceñidas que le costó hacerles hueco a los pies. Cuando apagó la luz, recordó que Bud Spencer, hasta donde sabía, había vivido siempre solo; aquella habitación de invitados no habría sido usada en milenios.



La despertó la luz del día. Había un despertador en la mesita de noche (uno de esos de cuerda, con campanillas, como en los dibujos animados), pero estaba parado. Kris se calzó y emergió de la alcoba. Llamó al signore Spencer, aunque intuía que no lo volvería a ver.

No halló indicio de las tazas de chocolate. El hogar estaba limpio de ceniza. No juzgó indiscreto recorrer el resto de la casa y confirmar que llevaba años vacía. En el tocadiscos, sin embargo, seguía el mismo vinilo. Lo devolvió a su funda y fue a guardarlo, pero luego lo pensó mejor y se lo llevó consigo. El cielo era azul; debían de ser entre las ocho y las diez. Se puso el abrigo y salió afuera. Observó, divertida, que el breve caminito entre el porche y la cancela, hecho de baldosas irregulares, era como un negativo del pueblo que los ingenieros concibieron: calles de vegetación abriéndose paso entre las piedras.

Miró en ambas direcciones de la calle Júpiter: no había un solo automóvil. Llamó, y le respondió una urraca. No divisó luces, ni bombillas de colores. Pero pisaba asfalto. Y había casas alrededor. Hacía un frío agradable.

Una niña rubia de unos doce años se acercó por el este, en bicicleta, y se detuvo junto a ella. Era Julie, la que le hizo aquel regalo el año pasado.

—Ey —saludó la niña—. Has vuelto.

Aún estaba dudando si bajar de la bici cuando el abrazo que le dio Kris superó todas sus expectativas. Extasiada, se lo devolvió y por entre su cabello se fijó en el chalé abandonado de enfrente.

—¿Has dormido ahí? ¿Por qué?

—Es igual —dijo Kris, y le enseñó el disco­—. Este es tu regalo.

Julie lo cogió, sonrió al hombre de barba negra de la carátula. Iba a preguntar a Kris si lo había pintado ella cuando, palpando el cartón, notó que había algo circular dentro.

—Es un vinilo —le explicó Kris, enseñándoselo—. Con música grabada. Se pone en un tocadiscos. —Leyó la mueca en el rostro de Julie y añadió:­— Tranquila, lo escucharemos en mi casa.

­—Entonces, ¿no lo has hecho tú?

—No. Pero soy la única que recuerda a quien lo hizo. Y quiero que escuches la música, porque necesito que me recuerdes a mí.

—No te voy a olvidar nunca —dijo Julie. No era ninguna promesa emotiva; más bien una obviedad aritmética.

—Más te vale. Voy a ver a Rod, ¿vienes conmigo?

—Okay.

—Vamos. ¡Pero que no te pierda de vista!

—Okay. —No lo confesó, pero le halagaba la sobreprotección. Kris le sostuvo el disco mientras manejaba la bici, y notó que llevaba la cara sucia de pinturas de guerra mal lavadas, rojas y azules y amarillas. De un bolsillo le asomaban dardos con plumas. En la pierna lucía una herida aún tierna.

—¿Qué te ha pasado en la rodilla?

­—Nada —dijo Julie, de pie en la bici para coronar la cuesta de Júpiter—. Me caí ayer, mientras cazábamos... algo.  No me acuerdo.