December 24, 1992

Cuento del 25 de diciembre

Photo by haven_park

Los regalos molan, pensó mientras salía de casa a una calle de árboles mudos en dirección hacia Júpiter. Eran las cuatro, pero aún había luz; era uno de esos días de sol de diciembre, pétreos y raquíticos y violetas. La gente seguía recogida en sus casas, alargando el café o viendo Goldeneye en torno a mesas cansadas o fuegos risueños, y nadie atendía al jardín ni apartaba un visillo para espiar a Julie, con su gorro naranja y sus fieles bambas avejentadas, llevando un paquete bajo el brazo, camino de ver a su persona favorita, y ponderando que los regalos molan. De hecho, los regalos eran lo único que hacía del 25 de diciembre algo especial. En algunas casas aún se lanzaba una ristra de luces sobre un árbol viejo y gruñón, pero Julie tenía unas lucecillas como esas culebreando todo el año por los estantes de su cuarto y enroscándose detrás de su Atari. Y la comida visigótica de ese día consistía en platos ancestrales cuya receta guardaba ya sólo gente de, digamos, 44 años, pero quizá las personas de 44 años, en sus casas, comían eso mismo cada día. Los regalos, en cambio, eran un ritual único de esta fecha. La gente esperaba todo el año para dárselos. No se sabía bien por qué. Un folklore olvidado postulaba que un ciervo mágico de color rojo los repartía la noche antes.

Claro que la fecha de entrega era lo de menos; más importante era saber qué regalar. Julie había dedicado una cantidad de tiempo casi inmoral en dar con el regalo que ahora acarreaba; lo apretó bajo el brazo y miró con desdén los tejados bajos como caparazones de tortugas bajo los que la gente intercambiaba regalos risiblemente inferiores al suyo, la fatigosa materialización de un mensaje a la persona más importante de su vida. Todo ese sacrificio, y ese orgullo tras el parto doloroso, eran la mejor parte del 25 de diciembre. Y sin embargo era también la parte más novedosa, casi insólita. Históricamente, los regalos eran mucho menos laboriosos o satisfactorios. Julie había oído el rumor de que, tiempo atrás, la gente se regalaba cosas que necesitaba. Una idea ridícula, obviamente, porque si alguien necesita algo ya se espabilará en conseguirlo. Pero no menos ridícula era la costumbre, también extendida, de regalar cosas que no se necesitan. Lujos. Casi siempre, le contó una vez alguien de 44 años, eran objetos comunes destinados a entretener: juguetes, libros, películas en discos digitales, objets trouvés encontrados en grandes almacenes. Esa práctica era todavía más absurda. En primer lugar, si sabes que a alguien le gusta un libro, es porque ya lo conoce; si intuyes que va a gustarle, es que lo conoces tú; ergo, préstaselo. ¿Para qué regalarle una burda copia? (Julie recordaba el día que descubrió horrorizada que el mismo libro podía existir en casa de distintas personas.) Y en segundo lugar, incluso si alguien cediera a ese afán pueril de atesorar copias de lo que le gusta, como una especie de ardilla diogenésica llenando su madriguera de sus objetos favoritos (Julie, que era muy joven, no entendía que los libros y discos y películas en su casa también habían sido los favoritos de alguien; para ella los libros en una estantería eran tan arbitrarios como los árboles en una parcela); incluso si alguien sufriera esa compulsión de poseer físicamente lo que le gusta, ¿por qué ibas a regalárselo? ¿Qué pretendes decirle con semejante regalo? ¿“Hola, te quiero, he oído que te gusta esto que gusta a millones de personas, así que toma una copia”? ¿“Es nueva, la he encontrado en unos grandes almacenes”? Era atroz. Había demasiados conceptos abstractos en esa frase que Julie no entendía. Grandes almacenes, por ejemplo. O nuevo. O millones de personas.

“Es todo cuestión de economía”, le dijo una vez Índigo, otra amiga suya que gustaba de usar palabras exóticas. Resulta que, contra toda intuición lógica, las copias de las cosas también cuestan dinero. Antaño, el valor del regalo se medía en virtud de algo llamado precio, porque el destinatario rara vez tenía dinero para conseguir por sí mismo copias de todo lo que le gustaba. Era uno de esos dilemas que debían de tener sentido antes, cuando las cosas eran infinitas pero el tiempo no, pensó Julie, con la vista fija en los dedos de los cipreses. Como muestra de la hipocresía de aquel mundo, añadió Índigo, era de mala educación revelar el precio de un regalo. Y lo que es más escandaloso: los regalos manufacturados estaban mal vistos porque su valor no podía cuantificarse. Increíblemente, alguien que regalaba una copia se consideraba más generoso que quien regalaba un original. Fue para proteger la anonimidad de los regaladores que se inventaron tradiciones como el mágico ciervo rojo, el amigo fantasma o los Reyes Esclavos, líderes depuestos de naciones sometidas que ofrendaban sus bienes para aplacar la ira de Occidente. Índigo sabía un montón de cosas.

Con nociones tan frívolas, no era de extrañar que el 25 de diciembre amenazara con perder su identidad más de una vez. Lo hizo en varios sitios o varias épocas: Rod, una chica mayor que Julie y que había visto mundo, hablaba de lugares donde no se observaba el 25 de diciembre tan sólo a quince, veinte kilómetros de allí. En otras regiones, el valor material del regalo había desbancado por completo a la personalización; no hacía falta que el libro o la película fuera a gustarle al obsequiado, mientras costara tanto dinero como uno que sí le gustaría. (Otro shock que Julie se llevó en su día: cuando aprendió que un libro buenísimo cuesta lo mismo que uno malo.) Aún en otros sitios, el pragmatismo había desplazado al coste. La gente se regalaba bienes de consumo habituales: ropa, incluso comida. Un año, bombones; al otro, galletas; al otro, un kilo de tomates. ¿Qué importa? Casi todo el mundo come tomates.

Julie, llegando a la esquina de Júpiter y Sol, inspeccionó una vez más el regalo que traía. Su contenido emocional le ardía en las manos. La gente de fuera o de antes, todos esos vistecorbatas y calzatacones, eran bárbaros, pensó. Regalaban cosas sin querer decir nada, por obligación. Por eso el 25 de diciembre fue derogado: porque imponía obligaciones, y todos los tiranos caen: la esclavitud, el cristianismo, la muerte. La gente de 44 años podría atestiguarlo. Julie jamás le ofrecería a nadie, menos aún a su persona favorita, una copia de algo que encontrara tirada en una tienda o en el bosque, aunque fuera un cofre del tesoro, aunque fuera lo que la otra siempre había deseado. “No soy el genio de Aladino, soy tu amiga. No hago regalos sólo porque te gusten a ti. ¿Y yo qué? Mi regalo no es un testimonio de mi dinero; es lo que tú me inspiras.”

Se detuvo por fin frente a una cancela oxidada. Su mano tembló en la manija. “Y espero que te guste”, pensó, tomando oxígeno y franqueando la entrada.

El jardín, ignorado por un día (por varias semanas, en realidad), la consintió como un perro guardián que duerme la siesta. Había gente en el interior de la casa; se oían risas, pero las cortinas estaban echadas. Probablemente estaban abriendo regalos. Julie alisó el envoltorio del suyo y pulsó el timbre. No había luces, pero en el porche colgaba una guirnalda, y en el centro, un ciervo rojo mágico hecho de tela. Era una casa muy tradicional.

Una mujer de 44 años abrió; Julie preguntó por Kris. Le ofrecieron entrar, declinó cortésmente y esperó a que la otra saliera. Se estiró la ropa y se corrigió el pelo.

La puerta se abrió de nuevo y en el umbral surgió una llamarada de cabello rojo, y Kris en un suéter. Tardó un instante en corregir la trayectoria visual para descubrir a Julie, un palmo más baja.

—Hola —saludó Julie, y le alargó el paquete con las dos manos—. Esto es para ti.

—Oh —dijo ella. Así, sin signos de admiración ni nada. Interesada, nunca sorprendida. Aceptó el paquete, con una ceja aspirando a la troposfera.— Gracias.

Se miraron, una media sonrisa de Julie sumada a un octavo de Kris, más o menos.

—Perdona, no recuerdo... Me suenas, pero no sé quién eres.

—Me llamo Julie. Vivo en el 562. —Señaló hacia su casa, vagamente.— Te veo en verano, en la piscina. Mis amigas y yo estamos siempre en el lado de abajo, en la hondonada. Tú sueles estar a nuestra derecha, junto a la sombrilla. Siempre te tiras en bomba y juegas a palas con otra chica.

—Sí, lo hago.

Sí, claro que lo hace. No hacía falta contarle eso.

—Y una vez colgasteis un frisbee en lo alto del naranjo y yo me ofrecí a sacarlo y tú me aupaste y lo saqué, pero estorbé un nido de abejas...

—¡Sí, y tuvimos que tirarnos todas al agua! Cierto. Sí, ahora te recuerdo. Yo me llamo...

—Kris, ya. Lo sé. (Otro ¼ de sonrisa.) Rod me lo dijo.

—Ya. —Se miró las manos; estas le recordaron el paquete que sostenían.— Eh... ¿lo abro ahora?

—Como quieras.

—Okay. —Deshizo el lazo, que era de color verde, y luego rasgó el papel de seda; a Julie le divirtió esa sucesión de disciplina e impaciencia. Como inevitablemente ocurre, vio primero el reverso, que era sólo corcho y alambre. Al darle la vuelta, se le cerró la boca. Julie aguantó la respiración viéndola rozar el marco con la yema de un dedo, y cómo un poco de asombro conseguía penetrarla. Luego, la comprensión de todo el objeto la hizo sonreír, al 100%. El espejo le devolvió el gesto.

Julie tragó saliva para el siempre emocionante momento de la explicación:

—Es un espejo de tocador; le he hecho un soporte para que puedas colocarlo sobre una mesa o donde sea. Siempre te veo en la piscina en verano, y el resto del año no, pero me gustas un montón, así que pensé que te gustaría verte como te veo yo. El fondo es exactamente como se ve tu sitio en la piscina desde el mío; lo pinté de una foto. Las flores secas son las que crecen de verdad en el césped. Y el marco está hecho literalmente de trozos de la piscina. Aún huelen a cloro.

Kris asintió, acariciando las pequeñas teselas de piscina, en tonos discordes de azul, y la sonrisa aumentó al 110%; hubo incluso un espasmo de los hombros. El detalle vandálico de robar teselas de la piscina le había llegado.

—Es muy bonito. —Luego levantó la vista.— Mierda, yo no tengo nada para ti.

—Da igual. —Julie se encogió de hombros, inocua.— A lo mejor lo tienes el año que viene.

—Sí, claro —meditó ella. Pasó un segundo mirando su reflejo y el fondo meticulosamente pintado sobre el cristal. De pronto recordó sus modales—: ¿Quieres pasar? Rod está dentro.

—No, no hace falta. Tengo que volver a mi propia fiesta. —Para convencerse, bajó el escalón del porche, y el jardín volvió a mirarla sin interés, por encima del hombro.— Te veré por aquí, ¿no?

—Sí, claro –se apresuró ella—. Mañana voy con Rod al campo de fútbol; pásate.

—Okay –dijo Julie ya desde la vereda.

—Hey, ¡y gracias! ¡Muchas gracias!

Julie sólo le sonrió un “de nada” y salió a la calle, cerrando la cancela. Se detuvo un momento en la acera, a escondidas, esperando a oír cerrarse la puerta. Entonces sí, respiró hondo otra vez.

Miró a las casas de la calle Júpiter, a las ventanas que soñaban la pronta noche. Nadie apartó un visillo ni la espió mientras se ajustaba el gorrito naranja que Índigo le había tejido con la lana de una manta que les había servido de techo en un fuerte de cojines cuando dormían en su casa, ni mientras se agachaba a atarse las fieles bambas avejentadas que Rod le había regalado después de haber visto el mundo con ellas, y reemprendió el camino a casa.

Photo by Anna Laznya